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15 de enero de 2014

DESDE UN BULEVAR EN PARÍS…

… podríamos empezar este post. Tal vez fuese en pleno siglo XVIII y en la mítica capital francesa, cuando surge el concepto de arbolado urbano moderno. La moda de llenar bulevares, calles, plazas y alamedas de arboles se extendió rápidamente a otras ciudades, grandes y pequeñas, del planeta. De esta forma los arboles de viario se han convertido en parte estructural del desarrollo urbano. Esculturas vivas que tan solo por su forma y tamaño influyen en provocar un sinfín de emociones colectivas asociadas a lo natural, al bosque.
Boulevard Montmartre de Camille Pissarro. Fuente wikipedia

El movimiento del jardín barroco francés retoma la idea de bosquet o bosquecillo, que ya se puso en práctica en el renacimiento, y que a su vez toma la idea la Grecia clásica. El gran aporte de la jardinería griega, el  genius loci, el reconocimiento del espíritu de cada lugar, logrando la armonía en las actuaciones de desarrollo urbano.

Fue en Grecia donde surgen los primeros paseos y alamedas sombreadas por arboles como Olmos y Álamos. Platón, en la Academia de Atenas, ya ensañaba filosofía paseando bajo las copas de este bosquecillo conformado por arboles de cualidades esculturales en troncos y ramas. 

Esta inquietud por llenar las ciudades de arboles se manifiesta por medio de un conjunto de sentimientos que nacen de una emoción en el ser humano por reencontrarse con lo natural. El sentimiento llegó hasta nuestro bulevar de París. El fenómeno creció y alcanzó su máxima expresión a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, donde el trazado geométrico de las ciudades desarrollaban, a la par que se ampliaban en nuevos barrios, alineaciones de arboles que lejos de recrear el bosque, lo evocan. Así quedó retratado en pinturas como, por ejemplo, el Boulevard Montmartre de Camille Pissarro. Pinturas donde se ve como el concepto de arbolado urbano, los arboles, habían cavado sus raíces profundas hasta convertirse en un todo con el resto del entorno de la ciudad.

Es curioso que en una época en que es tan conocido el concepto de naturación urbana, por fenómenos tecnológicos recientes como los jardines verticales; para mí, la verdadera naturación urbana, la creación de corredores verdes que propicien la aparición de ecosistemas más naturales que mejoren la calidad de vida en las ciudades, la constituyen los arboles de alineación que crecen en nuestras ciudades.

Y es que tanto en la Grecia clásica, en el París del Siglo XVIII y en nuestras ciudades hoy en día los beneficios del plantar árboles en calles van más allá del reencuentro del ser humano con la naturaleza. Más allá del efecto psicológico subjetivo que produce ver embellecida una ciudad con una hermosa arboleda.

Los beneficios medioambientales del árbol urbano son muchos: fijación del CO2 atmosférico reduciendo el nivel polución en el aire, absorción de las radiaciones solares para realizar la fotosíntesis disminuyendo la temperatura ambiental, una mejor humedad ambiental, reducción del polvo en el aire…etc. Beneficios ambientales y también estético- prácticos, porque una alineación de arboles contribuye a realizar una pantalla visual y sonora de aquellos elementos discordantes en la ciudad o por el contrario, pueden servir para resaltar elementos arquitectónicos interesantes mediante el contraste que forma con su tronco, ramas y copa.

Pero para que estos beneficios se produzcan, es necesario que la especie arbórea que se va a plantar esté bien elegida siguiendo unos criterios técnicos y, por supuesto, en función del papel que va a representar como arbolado urbano y su ubicación. Por eso, estas especies de árboles deberán ser elegidas con formas y tamaños adecuados al espacio donde van a crecer, deben poseer un desarrollo rápido y vigoroso, ser resistentes a la sequía, el viento plagas y enfermedades; arboles que tengan tolerancia a la contaminación de la ciudad, que puedan crecer y desarrollarse en condiciones adversas del suelo,…etc.

Otro aspecto que me parece fundamental a la hora de elegir una especie para la alineación de una calle es su variación estacional. Una elección basada en especies que posean una estructura ornamental atractiva en invierno, con una floración hermosa en primavera, una abundante frondosidad en verano y hojas con una interesante gama de color en otoño.

En mi caso personal, guardo una relación emocional muy especial con el árbol del paraíso o cinamomo (Melia azedarach), pues es el árbol que crecía en la puerta de mi casa y con el que he convivido desde niño. Así, desde un bulevar en París pasamos a una calle de Sevilla. Gracias a este árbol, se apreciaba especialmente bien el transcurrir de las estaciones. La Melia tenía la virtud de proteger la fachada de la casa con su frondosa copa cuando el sol apretaba en verano y de engalanar la calle con el porte delgado y elegante de su tronco durante el invierno. Además, durante esta estación, de sus ramas colgaban dorados frutos en racimo que ampliaban aun más su valor ornamental.
Fruto de Melia azedarach en invierno
El caso es que cuando estuve trabajando en Córdoba, el Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento, no quería que se plantase esta especie arbórea. El motivo esgrimido para no realizar la plantación es que la Melia posee tres “cosechas”; esto quiere decir, que es un árbol que requiere un elevado coste en su mantenimiento, pues hay que recoger de la calzada las hojas cuando caen, las flores cuando se marchitan y los frutos cuando maduran. Una pena. Por ahorrar dinero en barrer, se pierde una autentica gama de formas, volúmenes y colores para crear ese corredor verde de naturación urbana, que además de ser práctico, creo que debe poseer un elevado valor ornamental.

El Almez, la Tipuana, las Acacias y Pseudoacacias (también llamadas robinias), la Jacaranda, el Ciruelo japonés, el Arce negundo…si me apuras hasta el Magnolio. Todos estos árboles y otros muchos forman parte de mi bosquet personal. Un bosquecillo donde experimentar una abstracción de la naturaleza en plena ciudad. Un paisaje en la urbe que responde a la necesidad por lo verde, la vida y el refugio en lo natural.
   
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4 comentarios:

  1. Gracias. Un placer leerte y compartir lo que escribes a través de Facebook

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    1. El placer es mio porque me lees Lourdes. Muchas gracias. Recibe un cordial saludo.

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  2. En mi ciudad, Buenos Aires, gozamos de muchas especies muy diferentes de gran belleza y variada estética, sus diversos perfumes y beneficioso reparo. De todas ellas prefiero el Jacarandá, que en sus distintos tonos azula el paisaje y al caer sus flores alfombra nuestras calles y paseos de tonos violáceos, celestes y morados... Un verdadero placer para para regodearse. Los esperamos para compartirlo. Cordiales saludos.

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    1. Aquí en Sevilla también forman una abundante población las Jacarandas. Curiosamente, a pesar de que es una árbol caducifolio, por las condiciones climatológicas solo pierde las hojas algunas semanas en Febrero. Así que casi siempre lo encontramos con una tupida masa vegetal. Gracias por dejar tu comentario Marta. Un saludo.

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