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25 de febrero de 2014

LA GLORIETA DE LA CONCHA

Falta prácticamente un mes. En tan solo unos días, el próximo 18 de abril de 2014 hará exactamente cien años que se inauguró el Parque de María Luisa como parque público de Sevilla. Después vendría su uso como sede de la exposición iberoamericana de 1929, su deterioro tras la guerra civil, el inventario de las especies botánicas en 1956,… hasta el picudo rojo que en la actualidad ya afecta sus palmeras. Historia que no es otra que la del paso de los años. Si hay una parte del Parque de María Luisa que escenifique el peso del tiempo con nitidez, un lugar concreto que presente con natural teatralidad el transcurrir de las estaciones, esa es La Glorieta de la Concha.

Joven con una cesta de flores. La primavera

Los personajes del verano, la primavera, el otoño y el inverno los representan cuatro estatuas: una niña con una espiga en la mano, una joven con una cesta de flores, un hombre sosteniendo un racimo de uvas y un anciano con la cabeza cubierta. Cuatro estatuas, cuatro estaciones ubicadas en una glorieta proyectada por Forestier que, como en otras tantas ocasiones de su obra como paisajista, refleja ese estilo neomudéjar que lo hace tan característico.

Los azulejos azul y blanco que recubren fuente, bancos y muretes del recinto reflejaban la luz del sol casi primaveral en la que me sumergí el pasado domingo. Escribir al completo sobre el Parque de María Luisa abarcaría una serie de numerosos posts, en cambio describir una zona en concreto se hace mucho más fácil. Sobre todo cuando andas por allí cerca con la cámara en mano y puedo traer imagines que describen que hace de esta glorieta un lugar singular propio del parque sevillano por antonomasia.

En ocasiones me pregunto por qué a Forestier (un genio desde mi punto de vista) se le critique que copiara otros jardines para crear sus diseños. Dicen que sabía venderse muy bien, que era un gran comercial. Es cierto que la fuente de la vieja del Jardín de Santa María del Buen Aire de Castilleja de Guzmán la recreó también en el Parque de Monjuic y que, a su vez, se parece mucho a una fuente del Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba. Incluso es cierto que en el propio Parque de María Luisa hay un Jardín de los Leones inspirado en el homónimo Patio de los Leones de Granada.

Yo considero que la genialidad de Forestier se basa en que, tras recorrerse gran parte del itinerario de jardines históricos de origen hispanomusulmán de la geografía española, fuera capaz tomar una serie de elementos y darles un nuevo enfoque. Reinventó un nuevo estilo de jardín, el jardín neomudéjar, que finalmente ha constituido un estilo de jardinería único y reconocible que es el jardín andaluz.

Habrá quien diga que genial era Dalí (y lo era también) que de la nada fue capaz inventar rinocerontes y relojes derritiéndose. Sin embargo es curioso que a mí si hay una obra de Dalí que siempre me ha impactado sea la crucifixión. Y crucificados se han pintado muchos a lo largo de la historia, pero el magnífico pintor surrealista pintó un crucificado de una forma tan sobrecogedora que me tiene cautivado.

No pienso que Dalí sea menos genio por pintar un crucificado más, sino que es un gran genio por ser capaz dibujar algo que se ha dibujado muchas veces pero desde un punto de vista diferente. Un nuevo enfoque. Igual que Forestier, capaz de coger muchos elementos del tradicional jardín hispanomusulmán como estanques octogonales, estrellas andalusíes negras, doradas, verdes y azules pintadas con rítmica repetición en azulejos, parterres con setos recortados de arrayán, fuentes de leones y hacer algo realmente nuevo y diferente. Genial.
        
Tan genial como su Glorieta de la Concha del Parque de María Luisa. Con la primavera a la vuelta de la esquina, el murmullo de la fuente octogonal con la concha que da nombre a la glorieta, flores de color rojo espectaculares, caminos marcados con firme trazo geométricos por setos de evónimo, parterres sembrados por rosales y el fruto rojo de la nandina. La guinda del pastel o, mejor dicho, la guinda del jardín. Detalles mínimos de una glorieta que me atrajeron hacia allí como cantos de sirenas y, enloquecido por la música, me embriague de la dulce estampa que un hábil paisajista había creado allí cien años antes.  

Niña con una espiga en la mano. El Verano

Hombre sosteniendo un racimo de uvas. El otoño

Anciano con la cabeza cubierta. El invierno

Azulejo de estilo neomudéjar del Parque de María Luisa

Nandina domestica
            
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