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15 de abril de 2015

El Jardín Botánico Atlántico de Gijón

La lluvia era incesante. No era fuerte, ni abundante. Lluvia ligera la llaman y mucho frio para alguien acostumbrado al calor, al azahar que por aquel entonces, en plena primavera, empezaba a florecer en Sevilla tan solo unos días antes cuando tomé el tren dirección Asturias. Además estaba el asunto del incipiente resfriado que amenazaba con subir la temperatura de mi cuerpo cuando ya desde Oviedo el autobús nos llevó hasta Gijón. A pesar de la lluvia, que me obligó a grabar con una mano mientras con la otra sostenía el paraguas, a pesar incluso de dejar este último en varias ocasiones en el suelo para sacar una foto, mojarme para que no me temblara el pulso, no me arrepentí de haber ido hasta allí.

Diosa de piedra y camelia  

En el Jardín Botánico Atlántico de Gijón el agua caía del cielo sí, pero también cubría lo verde, estaba en los pantanos de los sistemas dunares, corría entre riachuelos y canales, jugaba al brotar de la piedra formando pequeñas y violentas cascadas, empapaba el rostro pétreo de diosas de la tierra cuyos ojos inmortales contemplan desde hace más de un siglo cada ínfimo detalle que acontece en aquel lugar. Y se mezclaba con el ambiente, con la arena, con la rama, con las hojas o con la flor, sin distinguirse de donde provenía el agua, difuminándose, perdiendo nitidez, haciéndose solo uno, igual que se mezclaba lo viejo y lo moderno, lo antiguo y lo nuevo.  

Lo antiguo, el jardín romántico del siglo XIX creado por el industrial Florencio Valdés, mantiene las cicatrices que el agua deja sobre la tierra en la suelo. Los puentes hacen posible el paseo; los plátanos de sombra, pero en especial, las camelias, te acompañan mientras descubres el estanque, el laberinto de tejos o el complejo hidráulico en el que, cubierta por liquen, se aprecia La Noria. El Jardín de la Isla, ese es su nombre… ¿casualidad? un espacio terrestre rodeado de agua, líquido elemento siempre presente, eterno, magnético. ¿Y las camelias? Bellas, espectaculares, algunas tan antiguas como el propio jardín, de más de 150 años, hacen guardia a la entrada de la que fue casa del industrial gijonés.

Puente en el Jardín de la Isla


Lo nuevo, zonas creadas o pensadas para la apertura del jardín como botánico en abril de 2003, está formado por el Entorno Cantábrico donde, por delante de hayas, abedules o alcornoques, destaca el laurel, La Factoría Vegetal, evocación de la gran fábrica de la naturaleza que es la tierra, y el Itinerario Atlántico con su Carbayera del Tragamón un bosque de cuento y de gran valor medioambiental.

Estos espacios se suceden unos tras otros, como el agua que fluye por doquier, que está presente en todo el jardín. Una sucesión de espacios, de figuras botánicas, que alejándose de la forma geométrica de parterres, de la ordenación de especies vegetales sobre el terreno, mantiene intacto los valores didácticos, así como, de investigación y difusión asociados a este tipo de jardines. 




Con mi cámara también capte un video en el que confluye este nexo de agua, tierra y naturaleza concentrados en este singular jardín, de lo que no estoy tan seguro es de si se apreciará con la misma claridad que in situ transmite la esencia del lugar, el genius loci que decían los clásicos, el duende del lugar del Jardín Botánico Atlántico de Gijón. Por este motivo estoy abierto y quedaré enormemente agradecido a los comentarios, apuntes, sugerencias y preguntas que queráis dejarme al final de este post.                   

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