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28 de abril de 2015

Solo un post con fotos de rosas bonitas

Saludando al casi siempre radiante sol sevillano, así las encontré.  A las rosas me refiero, esas que abundan en los parterres de la Plaza de América en el Parque de María Luisa. Las flanquean dos museos, lógico porque ellas mismas son obras de arte, de lo natural y de lo humano, figuras vivas modeladas por el jardinero que tuvo la visión de ver más allá y de la naturaleza que les confirió esa forma, ese color, ese aroma.
Rosaleda Plaza de América con el Pabellón Mudéjar de fondo 

Un lugar concebido hace ya más de un siglo. El espacio que une con obras de arte el lado donde se levanta el Museo de Artes y Costumbres Populares, más conocido como Pabellón Mudéjar, y lado donde se yergue el Museo Arqueológico. Allí se encuentran las rosas, rodeadas por setos modelados con perfecta geometría  de evónimo (Euonymus japonicus). No pasan desapercibidas como si ocurre con otros lugares del parque; por la exuberancia, por los variados de colores, por la primavera. No me encontré solo fotografiando. Era imposible resistirse a la tentación de sacar el móvil y explayarse haciendo fotos.

El resultado puede parecer que es tan solo otra postal bonita, de esas que abundan, de la rosaleda con el Pabellón Mudéjar de fondo. Y quizás no se haga justicia a la historia de un jardín que fue ideado a partes iguales por Jean C. Forestier y Aníbal González, porque en este caso no se puede separar la genialidad de paisajista y arquitecto, como sería impensable ver por separado la ajardinada Plaza de América y de la arquitectura sublime que la rodea.

Para crear este espacio, con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, y con la preocupación del Comité Organizador de urbanizar una nueva Sevilla sin límites donde poder extender posteriormente la ciudad, Aníbal González propuso un proyecto cuya característica principal era “su posibilidad de crecimiento indefinido”.  Se tomaron los fértiles terrenos regados por el arroyo Tamarguillo de la antigua Huerta de Mariana para crear un espacio surcado por una calzada oval y que acabó por convertirse en la Plaza de Honor de la Exposición.

A los museos también se les unió en su momento el Pabellón Real y las glorietas de Cervantes y Rodríguez Marín. Las rosas fueron cosa de Forestier, al igual que el mobiliario de azulejos con el que no se contuvo por todo el parque. Es ese el carácter de este espacio verde, el que une varias corrientes como los afluentes que van a parar a un rio, historicista y regionalista, elementos islámicos, tradición andaluza…

Fruto de esta tradición sureña, son las macetas de las que cuelgan las flores de gitanillas (Perlagonium zonale) que rodean el Estanque de los Lotos (Nymphaea x hibrida), pero hay que reconocer que en este mes de abril nenúfares y gitanillas son pobre competencia para las rosas. Tal vez no es su momento. Las rosas lo acaparan todo, miradas por supuesto, también hermosura, vivacidad… hasta la luz del sol que reflejan parece exclusiva de ellas. Incluso, con acierto, hay dispuestos en el paseo central algunos árboles de rosas que no son tal, son arbustos a los que se les ha dejado crecer el tronco y se les ha dado forma esférica a la “copa”.  

Recuerdo aquella ocasión en que sentado di un gran respingo en el sofá de casa cuando Sean Connery, metido en su papel de jefe árabe llamado el Raisuni, se adentraba en un palacio marroquí que no era otro que el ¡Pabellón Mudéjar! No lo esperaba. Nunca había vista la película El viento y el león, su rodaje es anterior a mi nacimiento, la vi una de esas sobremesas tontas en que no sabes que hacer, pero la imagen de la entrada apresurada de Connery “al palacio” y precedida por los jardines de la Plaza de América era inconfundible. Sin duda un lugar de película, y nunca mejor dicho.  








Gitanilla (Pelargonium zonale) en el Estanque de los Lotos 



           
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Muchas gracias por perder unos minutos de tu tiempo leyendo este post.

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