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31 de diciembre de 2015

Volver

Hasta la fecha han sido los peores meses que he sufrido para terminar un año. Los que me conocen bien y los que me siguen en Facebook saben a qué me refiero. Sí, ha habido altibajos y, claro, también hubo momentos para la alegría o para reír. Prefiriendo quedarme con esto último, lo cierto es que Jardines Que Me Gustan ha sido una ilusión, no solo durante este año, sino durante los últimos cuatro. Una ventana nacida de mi imaginación desde la que entraba aire fresco cada vez que me apetecía asomarme en la Unidad de Día mientras los enfermeros inyectaban la quimioterapia a rostros de miradas perdidas ante un futuro incierto o, finalmente esperando lo inevitable, mientras recorría una y otra vez los cuatro metros en aquella habitación de hospital.

Paisaje alpino del Real Jardín Botánico de Edimburgo en Escocia 

Esta situación no es nueva para mí. Desde niño he tenido esta habilidad sin igual para refugiarme en mi inmenso mundo interior cada vez que a mí alrededor se desataba una u otra tormenta. Y desde esa ventana he contemplado los jardines más diversos del mundo. He vuelto a ver el Jardín Botánico de Edimburgo que conocí hace ya la friolera de diez años. He paseado por todas las zonas que lo constituyen. Los espectaculares rododendros y azaleas se encontraban en flor, la sombra de Sauce Llorón era aún más grande, y subí por las escaleras de piedra del espacio destinado a las plantas alpinas, las cuales formaban esa enorme postal paisajística.

Más al sur, he contemplado mil y una veces al pequeño Jardín de la Caridad, con el que comencé mi andadura en este blog. Sus estatuas de Miguel de Mañara y Mozart que perduran impertérritas en su lugar, rodeadas de senderos de albero, parterres de césped y plantas que mantienen con dignidad el porte tras los años que pasaron abandonadas junto el Gran Teatro de la Maestranza. O los esplendidos Jardines de Moratalla, con el suelo cubierto por las hojas doradas de los Plátanos de Sombra en otoño o el azul de los agapantos en flor en verano. Azul de los Jardines Majorelle en Marruecos. Cactáceas y palmáceas donde el verde es roto por el color de edificaciones y mobiliario, del azul que lleva el nombre del jardín. Mi anhelado Real Jardín Botánico de Madrid, siempre en el recuerdo la última primavera lluviosa en el que me adentré por sus colecciones de plantas, Iris, Azaleas, Tulipanes, Arenarias, Verónicas… y muchas otras,  junto a compañía tristemente desaparecida. Las plazas duras han dejado de serlo para realizar la metamorfosis hacía espacios naturales amigables con el medio urbano como en el caso del MFO Park de Zúrich. Volví. Volví a los Alcázares de Sevilla y Córdoba, a la Glorieta de Gustavo Adolfo Bécquer, donde el poeta, bajo un enorme Ciprés Calvo, aún nos da lecciones sobre lo voluble del amor. También volví al Jardín Botánico de la Orotava, a los Patios de Córdoba, al Botánico Rojo de Melbourne, al Jardín Venenoso de Alnswick, a los Jardines Efímeros de Allariz, al Jardín Botánico Atlántico de Gijón, a los Jardines de Vaux le Vicomte, a los Jardines de la Alcazaba de Almería, al Campo de San Francisco en Oviedo, al Campo Grande de Valladolid,…. Y volví a otros que no se catalogan dentro de lo que consideramos un espacio verde, simplemente, porque tenemos un concepto de “jardín bonito” muy reducido. Desde el alcorque donde crece la juncia, pasando por la rotonda abandonada donde los rosales floribunda malviven sin un sistema de riego, pequeños parterres ajardinados por incitativa vecinal, jardines de los años treinta del siglo pasado cuyo trazo a quedado desdibujado por la aparición de hierbas espontáneas, hasta el lentiscar que sube desde la playa, todo lleno de desperdicios humanos degradados por el paso del tiempo, y que va dejando atrás la fina línea celeste que separa al mar del cielo.

Pero ha llegado el momento de desatarme de la tiranía de mi imaginación. Hay que salir. Dejar atrás la ventana y atravesar la puerta de la realidad, sentir de nuevo las manos llenas de tierra después una cava, los arañazos de la lantana y la buganvilla al podar, el olor de césped recién segado, observar a las plantas, aprender de ellas, sus carencias, sus necesidades, sentir los músculos relajados después de un día de trabajo,… ha llegado la hora de volver a los jardines que me gustan.
  
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Gracias por perder unos minutos de tu tiempo leyendo este post.

5 comentarios:

  1. Felices fiestas y que el proximo año venga cargado de todo lo que anhelas

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    1. Muchas gracias Mario. Yo también quiero desearte lo mejor a tí y tu familia en este año que da comienzo.

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  2. Que el 2016 se convierta entonces en el inicio de lo mejor que aún queda por llegarte, José Luis. Un abrazo grande!

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    1. Muchas gracias Ángel. A ver si paso por Badajoz y nos saludamos :) Un muy buen año para tí también. Un abrazo.

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    2. Sí, avísame y nos vemos. Ya tenía yo en mente avisarte cuando bajara a Sevilla. Feliz año, un abrazo!

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