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13 de julio de 2016

Un Bosque de Oma aljarafeño

Gelves, localidad del Aljarafe sevillano. Son las 14:00 horas y hacen muchos más de 40 grados centígrados a la sombra. No es cabal parar el coche en medio de ese horno y abandonar el refugio del aire acondicionado, pero que le vamos hacer, nunca fui el más cabal de los hombres e, igual que la tozudez es mi mayor virtud cuando la trasformo en constancia, en esa incapacidad total para darme por vencido, se vuelve en mi mayor defecto cuando me empeño en hacer algo que desaconsejaría cualquier servicio de alerta meteorológica… ¡Me había tropezado con un parque de arboles de colores!

Un caracol se refugia del sol

Ya estoy convencido que es algo intrínseco a mi persona. Está incrustado en mi ADN.  Siempre fui bohemio, soñador, poeta, un poco canalla y siempre, siempre, desde mi más tierna infancia, las flores hermosas fueron mi perdición. Así que un día de julio normal, con tareas normales como pueden ser llevar el coche a pasar su pertinente Inspección Técnica de Vehículos, después de abandonar la Línea 7 de inspección como alma que lleva el diablo, giro a la derecha para acortar por el municipio aljarafeño, paso de largo el Parque Gelves Guadalquivir y, ocurre algo anormal. Me encuentro con lo que en su día debió de ser un descampado y que en realidad aún conserva mucho de ese pasado. Me doy de bruces con un parque aledaño a una urbanización de chalets pareados, de esos que se encuentran “a tan solo cinco minutos” del casco histórico de Sevilla y que miran al cerro que constituye la colina de Simón Verde.

Entre ambos existe una parcela vallada que anhela ser un parque. Un rectángulo casi perfecto en lo geométrico y con muchas carencias en el concepto. El césped mal regado, con charcos en unas zonas y seco en otras, con un eucalipto de tronco enorme en la entrada norte y un juego de niños en la entrada sur. Excepto en el diámetro que supone la copa del eucalipto y que suponen escasos metros cuadrados de exigua sombra, el resto de la zona verde es un horno a esa hora de la tarde. Aparco lo más cercano que puedo al eucalipto, para así tratar de beneficiarme de su sombra, y me bajo para descubrir que es eso de los arboles pintados con llamativos y variados colores.

Son naranjos o, más bien, lo que queda de ellos, una hilera de troncos deformes y ramas secas. Al contemplar la escena de árboles caricaturizados, lo primero que pienso es en la trágica restauración del Ecce Omo, pero este pensamiento pasa fugaz, me vuelvo más benévolo y me acuerdo del Bosque de Oma ¡Si, eso es! Desconozco que suerte sufrieron los naranjos, si una enfermedad se apoderó de todos ellos abatiéndolos o si un antiguo naranjal se había convertido en parque, los arboles no pudieron soportar el nuevo rol de árbol ornamental con podas poco apropiadas a las que estaban acostumbrados como cultivo, pues éstos sufren podas distintas encaminadas a aumentar su producción, y las podas ornamentales, con los desmochados tan frecuentes, deja las copas sin vegetación provocando la seca de los troncos por falta de vegetación abundante. Me inclino a pensar que fue esto último lo ocurrido por la presencia en todos los árboles de tres ramas centrales y la diferencia con los naranjos de alineación del adyacente Parque Gelves Guadalquivir, luciendo en perfecto estado ornamental.

Cuando los naranjos murieron, alguien tan cabal como yo, debió pensar que podían dotarse de vida pintándolos con alegres colores… algo parecido al Bosque de Oma, uno de los lugares más visitados de la Reserva Natural de Urdaibai, pues la corteza de los arboles están pintadas con vivos colores representado figuras geométricas, humanas y animales, creando una metáfora visual de la ancestral relación entre la naturaleza y el ser humano. Claro que en este singular bosque donde se unen arte y naturaleza en Land Art, fue creado por el escultor y pintor Agustín Ibarrola, y no tiene nada que ver con el parque de Gelves donde me encontraba. A diferencia del Bosque de Oma, en el Parque de los “Naranjos de Colorines”, los arboles han muerto, ya no dan sombra, y los niños y niñas con el calor que hace no se columpian ni juegan en la zona infantil reservada para ellos. Bajo un sol de justicia, la única vida que encuentra refugio en repliegues de nudos de podas pasadas es la de los caracoles… irónicamente las mismas podas que acabaron con la vida de los naranjos.

Hilera de arboles coloreados

El parque bajo la sombra del eucalipto


Zona infantil donde no pueden jugar los niños y niñas


     
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