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3 de noviembre de 2016

Los árboles que veo desde mi ventana

Las pruebas que te pone por delante la vida me han obligado, en algunas ocasiones, a contemplar mis preciados jardines y parques a través de una ventana durante periodos prolongados de tiempo. Verde que era un sueño y un suspiro a la vez, pues para mí poder disponer de una ventana con vistas a una profusa vegetación es fundamental, me revitaliza, por eso cuando escucho hablar de podar arboles, hacerles un “desmochado”, por el simple hecho de que atraen bichos o caen hojas en el alfeizar, me da mucha rabia.
Somos algo hipócritas en ese sentido, porque anhelamos vivir en lugares con una amplia calidad de vida, dotaciones, zonas infantiles y áreas verdes,… pero no queremos ningún inconveniente a cambio. Clamamos por un imposible, una naturaleza servil, que seres vivos que albergan otros seres vivos, se comporten de manera ordenada, geométrica y sistemática. No podemos pedir tal cosa. Una osadía porque la naturaleza es puro caos en sí misma.



Ruidos hay muchos en un parque, distintos y variados, unos motivados por unas causas y otros por otras, y unos más molestos que otros. Pero lo verdaderamente increíble es que hemos llegado a un punto (sin retorno al parecer), que ya ni si quiera queremos escuchar a los niños y niñas jugar bajo una ventana, en el área infantil, apartándolos del lugar más cercano a las viviendas, donde ya no hay árboles, ni sombra, ni nada. Queremos biodiversidad, pero no aguantamos a los pájaros que trinen a primera hora de la mañana y expulsando sus excrementos en cualquier momento. Por supuesto, queremos césped, arbustos, flores, senderos para recorrer, pero no queremos escuchar al jardinero con el cortacésped, el cortaseto y la sopladora de hojas. Lo queremos todo, pero molesta.

Naturaleza silenciosa y niños autómatas.

En la pasada “Jornada de Gestión de Riesgo de Arbolado Urbano” organizado por el Ayuntamiento de Bilbao y la Asociación Española de Parques y Jardines Públicos, Jake Tibbets, Jefe del Servicio de Arboricultura en Islington (Londres), de entre todos los datos curiosos que aportó durante su ponencia, me llamó poderosamente la atención un estudio realizado en su localidad en el que se había detectado que en las áreas infantiles de los jardines en los que existían mayores sistemas de seguridad, más carteles de precaución, los niñas y niñas no deseaban jugar en ellos, optando por actividades más sedentarias como ver la televisión o jugar a los videojuegos (que sí proporciona cierta aventura). En algún lugar del camino se perdía el vínculo ancestral de poder subir a los árboles y la necesidad de hacer alguna actividad que, mínimo, implicasen algo de riesgo.

Supongo que soy raro. No me molesta escuchar a los niños jugar en el parque, ni escuchar el viento mecer las ramas de los arboles, ni oír a la lluvia caer con fuerza, ni que los pájaros me ofrezcan diferentes trinos y ni si quiera me importa que las “pesadas” de las cotorras Kramer emitan ese sonido gutural. Disfruto estando al aire libre, porque cuando es algo que te falta mucho, aprendes a apreciarlo y, si alguna vez tuviera que volver a recorrer durante interminables horas y días las esquinas de una misma habitación, al menos que me sea concedido una vista que permita ver los árboles desde mi ventana. 







Fuente imágenes: Stockvault 

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Gracias por perder unos minutos de tu tiempo leyendo este post.

1 comentario:

  1. Como siempre me encanta como expresan tus palabras. Cuando voy por la calle siempre oigo al tipico individuo que dice ya tengo el coche sucio de melaza o resina de los arboles!!! pero como bien dices después es que se pide que hayan zonas arboladas. En fin, las cotorras son dificiles ehhh,..pero mejor escucharlas que no oir nada ya que eso es indicativo que hay verde que les rodea.

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