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27 de junio de 2017

El árbol de acero

La aparición de las viñetas de Superman en los años 30 del siglo pasado, supuso el paso del héroe al superhéroe, del tipo que afrontaba las vicisitudes solo con valor al que lo hacía también añadiendo una buena dosis de poderes extraordinarios. Entre los que se le atribuyen a Superman están los de volar, súper-velocidad, fuerza, rayos-x e indestructibilidad, de ahí el apodo de Hombre de Acero. En el mundo vegetal también existe un árbol que podría atribuírsele una resistencia descomunal, a prueba incluso de bombas atómicas, y si bien no procede de otro planeta como en el caso de Superman, si es cierto que se trata del último vestigio de una época remota.

Ginkgo biloba en el Arboreto del Carambolo 

El árbol de los cuarenta escudos (Ginkgo biloba), se le considera fósil viviente porque ha persistido desde el Jurásico hasta nuestros días gracias, en parte, por ser un árbol de procedencia sagrada en China y Japón tras ser cultivado durante siglos en parques y jardines y, en parte, por tener algún tipo de resistencia descomunal a las más increíbles pruebas a los que ha sido sometido. La más extraordinaria es la del ejemplar que se encuentra en el Templo Housenbou, en Hiroshima (Japón), que fue capaz de sobrevivir a la explosión de la bomba atómica lanzada por Estados Unidos el 6 de agosto de 1945 contra su enemigo japonés y que dio lugar al fin de la II Guerra Mundial. La explosión obtuvo como resultado que decenas de miles de personas muriesen (trágicamente) y que en un radio de diez kilómetros todo quedase completamente arrasado, edificios, casas, templos,…. Pero el Ginkgo encontró una forma de sobrevivir a este gran desastre porque, unido a una corteza gruesa y abarrotada de agua, es una especie vegetal que posee una enorme capacidad de rebrote, así que en el momento de la explosión el árbol debía de contener una gran cantidad de yemas latentes lo que favoreció la rebrotación.

Es curioso la capacidad y las distintas vías de escape a los desastres que tiene la naturaleza para sobrevivir. Otro ejemplo, mucho más cercano y de triste actualidad, es la facultad que tienen muchas plantas de resistir a los incendios forestales. Algunas hierbas y arbustos, se dejan quemar la parte aérea mientras que bajo la superficie del suelo las raíces poseen órganos de brotación listos para emerger cuando las condiciones vuelven a ser favorables. En cambio, los alcornoques (Quercus suber), el corcho que les da fama y los hace productivos es también una protección aislante contra el fuego. A estas plantas capaces de resistir un incendio se les llama pirófilas.  

Lo ideal es no tener que hacer que las plantas tengan que poner a prueba su capacidad de soportar un desastre, sobre todo cuando el causante es el ser humano. Al igual que demostró en su día el superviviente Ginkgo biloba, pues a pesar de no haber podido conservar su presencia en la naturaleza aún es posible de ser contemplado en parques y jardines públicos. No con la frecuencia que sería deseable, junto a sus vecinos vegetales coetáneos más próximos, las coníferas, pero al menos erguido, mostrando sus características y que le dan valor ornamental como una coloración amarilla otoñal realmente destacable. Aquí en Sevilla, los ejemplares también se cuentan muy escasos pero alguno es posible de encontrar. La mayoría de los actuales se plantaron para la Expo de 1992, así que su suerte ha ido emparentada con toda la infraestructura de aquel año como ocurrió con el Jardín Americano, es decir, dejadez vegetal generalizada. Y aunque podamos catalogar al Ginkgo como el Árbol de Acero, deberíamos ser un poco más conscientes del enorme patrimonio vegetal que atesoramos para no dejarlo escapar y que su supervivencia no sea solo cosa de superpoderes.

Ginkgo biloba en el Arboreto del Carambolo 
              
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