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14 de junio de 2018

Lo que nuestros ojos no ven de las plantas


Muchas veces lo que no podemos ver, lo obviamos. Con las plantas nos ocurre igual y solo prestamos atención a lo exterior, a la parte aérea formada por troncos, ramas y hojas y no somos muy conscientes de la importancia de lo que no podemos ver. Aquello que queda bajo los pies no deja de ser un ecosistema muy vivo del que depende hasta nuestra propia subsistencia.

Raíces arbóreas


El sistema radicular de las plantas se desarrolla en un sustrato que no es compacto, es más bien un recipiente que ocupa un volumen y alberga tierra, agua y aire. Esto se debe a que existen una serie de procesos físicos y químicos con los que los granos de arena de diferente tamaño se asocian dejando huecos, cavidades, túneles y, el más pequeño de todos estos espacios, poros.

Bajo tierra existe un mundo particular en el que no solo viven las raíces, pues otros seres han hecho del suelo su hogar. Podemos encontrar lombrices, insectos, bacterias e, incluso, animales zapadores. Todos contribuyen a hacer posible la vida bajo tierra y que las raíces de las plantas realicen todas sus funciones vitales para garantizar otros procesos biológicos que después vemos nosotros reflejados en la superficie (polinización, captación de CO2, fotosíntesis,…).

El sistema radicular de las plantas es el encargado de absorber el agua y los nutrientes que necesitan para vivir. Además, las propias raíces necesitan respirar y toman el aire directamente de los poros que hay en el sustrato. Agua, nutrientes y aire se encuentran almacenados en los poros y son absorbidos por las raíces más jóvenes y finas al interior de la planta. Debido al diminuto tamaño de los poros, se producen una serie fuerzas de atracción física que son capaces de retener todas las sustancias necesarias para la vida bajo tierra.

La importancia de las raíces de las plantas es también una cuestión de tamaño. La forma del sistema radicular se asemeja a lo que podemos observar en la parte aérea de árboles, arbustos y hierbas pero invertida. La diferencia se encuentra en que las raíces son de una proporción tres veces superior a la parte aérea debido a la necesidad de absorber una amplia cantidad de las sustancias que se encuentran en el sustrato. El crecimiento de las raíces es la razón que hace necesario cambiar de contenedor cada dos o tres años en plantas cultivadas en macetas. 

Es por esto que una de las actividades de más valor que existe en jardinería es la descompactación del suelo. Debido principalmente al impacto de las gotas de agua de  la lluvia o el riego y a las pisadas, el sustrato con el paso de los meses se va apelmazando. Cuando se llega a este punto, los poros se cierran y no permiten el almacenamiento de agua y aire. En la superficie, se forma una costra que impide la filtración del agua, lo cual hace que al regar el agua resbale y acabe filtrándose más allá de los límites de la zona apelmazada quedando fuera del alcance de las raíces.

Para asegurar una buena actividad biológica de nuestro suelo, es necesario dejarlo con un aspecto mullido mediante el uso de una azada o, si la planta se encuentra en una maceta, con un rastrillo o pala pequeña. De esta forma, garantizamos una buena salud de las plantas en nuestro espacio verde que nos agradecerán. 


El suelo en el jardín

Descompactando el suelo

  
Fuente imágenes: pixabay

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