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3 de agosto de 2015

Siempre estuvo aquí: Araucaria

Me han acompañado 120 kms como “polizones” en el limpiaparabrisas. Cosas de dejar aparcado el coche bajo una Araucaria heterophylla y cosas de que esta misma posea unas acículas coriáceas acabadas en pequeñas puntas, ideales para permanecer pegadas a multitud de materiales con fuerza. También tengo que reconocer las hojas de la Araucaria despiertan en mi subconsciente una simpatía especial, provocada por los recuerdos de otra  que existió en el patio de mi abuela, cuyas hojas marrones al caer se acumulaban sin permitir ver la grama que crecía al inicio del tronco. Aquellas hojas caídas me servían de improvisado juguete cuando era niño, así que no importó que las de mi coche se quedaran allí, despertando una leve sonrisa cada vez que se mecían suavemente con el viento.

Corteza “Reptiliana” y hojas de una Araucaria 

La Araucaria heterophylla es una conífera que se extiende originariamente en bosques de la Isla de Norfolk, la cual se encuentra situada entre Australia y Nueva Zelanda. La descubrió el Capitán Cook en su segundo viaje al Pacífico Sur y desde aquel momento constató la idoneidad para construir los mástiles de los barcos de la Armada Británica, siendo este el motivo que la llevó hasta Europa. A España llegó tras este descubrimiento pasando por los Jardines Botánicos de Aclimatación, el del la Orotava en Tenerife primero y el que hubo en Sanlúcar de Barrameda después.

En la costa andaluza atlántica debió encontrase más que bien para naturalizarse. Creció en los jardines como ornamental gracias al simétrico desarrollo de sus anchas ramas, un pentágono perfecto que gira alrededor del tronco y que la convirtió en “árbol de Navidad”, a pesar de poseer esa corteza que se asemeja poderosamente a la piel de un reptil. Aún es fácilmente reconocible en esta misma Sanlúcar y en otras localidades cercanas, rompiendo la panorámica del cielo azul con su característica estructura piramidal, fundiéndose con la mar océana del Atlántico. 

Tal fue su éxito que en la actualidad no existe urbanización con casas sin jardín, ni jardín sin una Araucaria en toda esta zona. Las hay de todos los tamaños, desde las jóvenes recién plantadas hasta las que ya poseen una envergadura, creciendo lentamente, pues esa es su naturaleza, desarrollándose despacio, pero forjando con el paso de los años esa simpatía que abarca desde la infancia hasta la madurez como me ocurrió a mí.

Esta incorporación al jardín tan lenta pero tan bien arraigada me hace cuestionarme el debate de las plantas exóticas e invasoras. Es cierto que hay algunas que están poniendo en peligro ecosistemas enteros por su agresividad para ocupar el espacio propiedad las especies vegetales autóctonas. Lo que no estoy tan seguro es si debiéramos incluir todas las especies exóticas en el mismo grupo de invasoras y crear solo jardines con plantas de la zona, en nuestro caso, mediterráneas. No todas las plantas que provienen de otros lugares del mundo poseen esa agresividad como ocurre con el Ailanthus o el Eucaliptus, por dar dos ejemplos de árboles. Además, estas especies de plantas son capaces de vivir con los nutrientes y el agua que reciben en la zona, así que podrían incorporarse perfectamente a “los jardines de bajo consumo”. Ese no sería un problema. Quizás solo sea cuestión de integrar en zonas verdes ciertas especies exóticas en proporción determinada. Pero es que incluso la figura concreta de la Araucaria se encuentra ligada de tal manera al paisaje, a los jardines y al subconsciente colectivo, que llega un momento que se convierte en algo propio del lugar, tan de aquí como puede ser la manzanilla de Sanlúcar o las gambas de Huelva. Y cuando existe un árbol vivo como la Araucaria, la cual identificamos como propia, a la que cariñosamente llamamos el otro “Pino” cuando habita rodeado de Pinus pinea, es complicado desincrustarlo de ese subconsciente colectivo, erradicarlo de esos jardines y eliminarlo de esos paisajes marítimos. Es más, resulta difícil quitar sus hojas del limpiaparabrisas del coche y simplemente arrojarlas al suelo.   
          
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