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11 de octubre de 2018

La naturalización de las plantas y su importancia en jardinería


Siempre he comentado la importancia que tiene hacer plantaciones de especies vegetales autóctonas para un jardín. La elección de las plantas te garantizará en buena medida la viabilidad ecológica del jardín, así como, un valor ornamental que difícilmente se alcanzará con especies inadaptadas que malvivan de cualquier modo si es que finalmente no llegan a marchitar.

Ceasalpinia gilliesii es una arbusto de Argentina utilizado en xerojardinería

Por suerte, el número de plantas que tenemos para diseñar un jardín es amplísimo y siempre encontraremos opciones que nos permitan trabajar con comodidad. Además, existe flexibilidad a la hora de realizar la plantación, pues no solo de plantas autóctonas se abastece un jardín. Existe otro grupo de plantas que puede vivir sin problemas en un jardín.

Éstas son las plantas naturalizadas, aquellas que pueden vivir en una zona con unas características edafológicas (suelo), ecológicas y climáticas igual de bien que lo haría una planta autóctona. Sin sufrir porque sea una planta acidófila y el suelo donde crecen sus raíces sea básico, o porque requiera unas necesidades hídricas elevadas y donde habita existe una escasa pluviometría, o porque el frio invernal del jardín sea excesivo para una planta de clima cálido.

¿Cómo consigue una planta naturalizarse a una región concreta? Existen dos vías para que una planta se adapte a unas condiciones medioambientales concretas.

El camino rápido es que el origen de la planta que vamos a introducir se ubique en una región de iguales condiciones medioambientales que el lugar donde vamos a realizar la plantación. El sistema Köppen, que describe los climas del mundo en función de su régimen de temperaturas y las precipitaciones, describe seis tipos: macrotérmicos (cálidos), secos (desértico, semidesértico y estepario), mesotérmicos (templados), fríos (lugares de latitud alta con baja influencia del mar), polares (localizados en los polos de la tierra) y, por último, clima de alta montaña. Todos estos, a su vez, se subdividen en otros climas. Pues bien, las plantas procedentes de una región climática de un lugar del mundo son susceptibles de adaptarse a vivir en otra parte del mundo con igual clima. Esta forma de naturalización de plantas tiene un peligro, la posibilidad de que la especie vegetal introducida se convierta en invasora y provoque una inestabilidad en el ecosistema que rodea al jardín. Por eso es importante conocer las plantas y los jardineros debemos advertir de las posibles consecuencias que tiene la implantación de algunas plantas en caso de no realizar un mantenimiento adecuado.

El camino lento para que una planta llegue a naturalizarse, es más complejo y requiere de una infraestructura logística y de una inversión económica. Se trata de provocar la aclimatación de las plantas, un trabajo que en agricultura tradicionalmente lo han realizado los mejoradores vegetales. Antiguamente, la genética consistía en seleccionar aquellas plantas que mejor se adaptaban a las condiciones medioambientales, eran más resistentes a plagas y enfermedades y eran más productivas. Estos eran los ancestros de muchas de las plantas que cultivamos hoy en día, ya sea en el huerto o en el jardín, y se fueron cruzando entre ellos para conseguir siempre los descendientes más aptos.

Plantas procedentes del mismo clima y la selección, unida a una red de jardines de aclimatación donde iban trasladándose generaciones de plantas hasta llegar a la región de destino, es lo que ha hecho posible que encontremos una gran variedad de plantas naturalizadas en los jardines que cultivamos hoy en día. 

Euphorbia milii cuyo origen es Madagascar se cultiva en zonas verdes del sur de la Península Ibérica

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