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13 de mayo de 2014

Ajardinando Turruñuelo

Turruñuelo es un arroyo que pasa por Córdoba capital. Aunque está ya encauzado y aún queda parte al aire libre, con el tiempo correrá la misma suerte que muchos otros arroyos, acabara soterrado, circulando bajo nuestras ciudades. Sin ir más lejos, muy cerca de allí, también en Córdoba, bajo la avenida del Arroyo del Moro pasa otro que da nombre a la citada avenida.

Flores y frutos de Koelrueteria paniculata fuente imagen: wikipedia

En la época hispanomusulmán el arroyo de Turruñuelo regaba por medio de un entramado de ingenios hidráulicos, formados por molinos de agua y canales, las almunias colindantes a la ciudad califal. Esta estructura de regadío de las almunias, que fue ideada por los romanos y que posteriormente desarrollaron los árabes añadiendo los conocimientos que habían aprendido sobre fertirrigación de la cultura persa, abastecía de agua a la propia ciudad además de nutrirla en alimentos proveniente de los cultivos.

Las almunias, sus huertos de placer, eran la evolución propia de los grandes latifundios romanos. Parcelas agrícolas donde existía una filosofía de cultivo distinta a las culturas predecesoras, una forma de entender una agricultura más intensiva, menos superficie pero más productiva, donde se era consciente de la importancia de devolver los nutrientes del suelo para no agotarlo gracias a los fertilizantes. También en la almunia se entendía el huerto como un espacio vivo de enorme valor ornamental y de disfrute, de ahí los huertos de placer. La dualidad producción/huerto de placer hacían de Córdoba dependiente de las almunias que la rodeaban.
  
En cambio, a pesar de toda esta transcendental historia, para mí, Turruñuelo era el nombre de una PGOU en la que me encontré trabajando durante más de un año. Se llamaba así precisamente porque el gran parque público que levantamos se encontraba junto al arroyo. Aunque la obra implicaba toda la urbanización de las calles con formarían el barrio.

Recuerdo una Navidad que tuve que interrumpir mis vacaciones y lloviendo, mientras el arroyo circulaba impetuoso a mi lado, tuve que realizar una de las certificaciones que debía entregar para constatar el progreso de los trabajos que llevábamos realizados.

No son malos recuerdos. Todo lo contrario. Eso lo que ocurre cuando haces un trabajo que te gusta, con el que disfrutas. Me encantaba pasear calle arriba y calle abajo, contando arboles y aprendiendo de ellos. Es sin duda mi etapa profesional en la que más he aprendido y en la que más dosis de imaginación he tenido que emplear.

Los que estáis acostumbrados a trabajar de subcontratas, donde el material del que dispones para ejecutar la obra son los planos y especificaciones técnicas realizadas por otros, con presupuestos donde se describen muchas barbaridades por falta de conocimiento en jardinería, sabéis que estas obras implican un enorme esfuerzo de interpretación por parte de quienes la ejecutan, aunque posteriormente, una vez acabado el trabajo, recibes como premio la enorme satisfacción de haberlo terminado manera correcta.

En esta obra de Turruñuelo, por ejemplo, los parterres dibujados en los planos no coincidían con los que se habían construido finalmente. Debido a esto, los arboles que habíamos adquirido y que ya manteníamos en la zona de acopio, resultaron que eran insuficientes para ajardinar los parterres y los presupuestos una vez aprobados es muy difícil cambiarlos para ampliarlos.

Por este motivo, una alineación de Ciruelos japoneses (Prunus pisardii) que iban en un parterre de tierra corrido, en vez de colocarlos enfrentados, tuve que disponerlos en un esquema de plantación de tres bolillos y que así me alcanzara a ajardinar todo la calle.

Con los planos también tuve que vérmelas. Interpreté como pude un galimatías dibujado en Autocad, pues las especies arbóreas se encontraban irreconocibles representadas en imágenes insertadas en el programa informático de dibujo. Gracias a que se encontraban numeradas y con ayuda de la leyenda, puede rehacer los planos para poder interpretarlos en la obra.

En ese aspecto, la obra de Turruñuelo significó para mí una escuela intensiva de reconocimiento de especies arbóreas. Al principio es realmente difícil diferenciar los distintos arboles de viario, sobre todo cuando vienen del vivero siendo prácticamente un tronco con tres ramas, cuando existen gran variedad acacias y pseudoacacias o cuando hay un gran número de nombres comunes para llamar a la Lluvia de oro (Koelreuteria paniculata). No me avergüenza reconocer que aún siendo yo Ingeniero Técnico Agrícola, quién me enseñó a reconocerlas fue Damián, uno de los operarios que se había pasado trabajando toda la vida en el vivero donde tenía mi oficina. El fue maestro y compañero analizando todas las especies que se acumulaban en el acopio plantas que teníamos en la misma obra.

Otro aspecto técnico que también aprendí bien fue el tema de la Normativa del Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Córdoba con respecto al ajardinamiento de espacios verdes públicos. Normativa que implicaba cumplir con los calibres de las plantas, incluidos la altura de cruz, el estado sanitario o la correcta forma de la copa, que especies se podían plantar en viario en Córdoba en función de si provocaban alergias, si se adaptaban a la climatología local o si eran especies que implicasen un sobrecoste en el mantenimiento posterior.

No quiero que se me malinterprete. Esta normativa me parecía correcta, solo quiero incidir en el hecho de que en el desarrollo de una obra de ajardinamiento público es necesario conocer la normativa antes de elaborar los proyectos para que después no ocurra que tengas que hacer múltiples cambios, los cuales provocan que al final te tengas que adaptar a lo que dispones, trabajar sobre la marcha e improvisar mientras avanza la obra. Aunque esta máxima se hace extensible a todos y cada una de las partidas de un presupuesto de una gran obra de ajardinamiento público, donde tienes que derrochar grandes dosis de imaginación para conseguir el propósito de acabar el trabajo con éxito.

Arroyo Turruñuelo… Mucho antes de la época hispanomusulmana, en la Grecia clásica y en la roma antigua, se tenía la creencia que todos los cursos de agua eran habitados por ninfas. Deidades cuyos dominios eran arroyos, ríos, fuentes o manantiales. Es posible que mientras paseaba contado los álamos plantados junto al arroyo Turruñuelo, en la soledad interrumpida ocasionalmente por algún anciano que realizaba su caminata del día, la ninfa que lo habita estaba allí, inspirándome, aunque yo no pudiera verla. Ninfa que tal vez con el tiempo acabe viviendo olvidada bajo un manto de gris asfalto. 
      
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