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21 de marzo de 2018

Agua y jardín

El agua puede ser muchas cosas en un espacio verde: es refugio de las altas temperaturas, es juego  saliendo desde un surtidor, es dinamismo al recorrer canales y descender por pendientes, es reflejo de la naturaleza, el sol, la luna y las estrellas y es vida al ser imprescindible para el desarrollo de las plantas. Sin embargo, a mí siempre me gusta destacar del agua su capacidad de ser magnética. 
 
Agua y jardín
El agua y el jardín han estado unidos desde siempre, desde el inicio del segundo. Los jardines, esa manifestación humana de cercar y poner límites a la naturaleza, no es más que una vulgar copia del Edén. Los textos más antiguos nos presentan al jardín del paraíso como un lugar con cuatro ríos, cada uno surcado con una sustancia diferente: agua, miel, vino y leche. El río de la vida es el de agua y todo jardín que presenta cuatro caminos en crucero, evoca esta disposición de los ríos del Edén. Y aunque no vamos a encontrar un jardín con los cuatro ríos de leyenda, el agua continua dando vida al jardín, desde el surtidor que da de beber a personas y animales, hasta los modernos sistemas de riego que proporcionan el líquido vital a las plantas.

Una lámina de agua es el espejo donde se refleja la naturaleza. Estanques, albercas, lagos o mares, han servido para mostrarnos árboles, arbustos, hierbas y flores desde la óptica que nos proporciona el agua calma, rota de vez en cuando tal vez, por el suave movimiento de las ondas transmitidas por el agua. Diminutas olas que nos dan una visión distinta del jardín. No solo se refleja la vegetación en el agua del jardín. Desde hace siglos, las láminas de agua han servido de espejo para el cielo, las nubes, el sol y la luna. En especial, ha llegado a tener importancia para reflejar las estrellas y las constelaciones que éstas forman.

Pero no podemos pretender mantener el agua de jardín siempre estática. El agua es dinámica, es movimiento en canales, fuentes, ríos o cascadas. Es el más claro símbolo de que el jardín en su conjunto es un “organismo” único que crece, se desarrolla, evoluciona y se transforma. El agua cambia y provoca cambio en el jardín. Un movimiento que ha servido para dar juego, desde los niños que salpican con el agua hasta acrobacias imposibles de chorros que salen de un surtidor para acabar en el inmediato posterior. El jardín que explotó al máximo la idea de que el agua era juego en el jardín fue Versalles en Francia. Mandado construir por Luis XIV, posee numerosos juegos de agua para asombro de los visitantes. El propio monarca se encargó de escribir de su puño y letra un recorrido guía para descubrir los emplazamientos idóneos donde sorprenderse gracias al agua. Los juegos de agua no se han quedado en el siglo XVII, pues en la actualidad se pueden disfrutar de muchas versiones modernas de los mismos. 

Que el agua proporciona refugio de las altas temperaturas los sabían bien los árabes y sus jardines hispanomusulmanes. El frescor en verano era fundamental, por eso en los huertos de placer de origen árabe no faltaban acequias, albercas, fuentes, canales e, incluso, riego por goteo. Esta sensación de frescor unida a los aromas de las flores, a la posibilidad de comer un fruto y de acariciar las texturas de la vegetación, constituían el jardín de los sentidos. Un paraíso terrenal donde el agua era, y es, elemento magnético que los une. 

Lámina de agua



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Gracias por perder unos minutos de tu tiempo leyendo este post.

1 comentario:

  1. Como siempre me encanta como lo cuentas y la información que aportas. El vídeo y su música me ha encantado. Unsaludo.

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